¡Una sola de tus lágrimas!

¡Una sola de tus lágrimas!

No sé si eres de las personas que lloran. ¡Yo soy una llorona incorregible! Pero ¿sabes qué? He aprendido a valorar mis lágrimas. ¡No a mezquinarlas! Tampoco a llorar menos, o por mejores motivos. Lo que he aprendido al cabo de los años, es a verterlas en el lugar preciso y en el momento indicado. Una vez, un ingeniero me preguntó, si yo tenía alguna noción de cuál era el caudal de agua que se necesitaba, para mover una de esas turbinas gigantescas de las hidroeléctricas. Con una amplia sonrisa, le respondí que yo no tenía ni la más mínima idea, pero que de una cosa sí estaba segura; y es que ¡una sola de mis lágrimas, es capaz de mover el mismísimo corazón de Dios! ¿Te imaginas mi amado hermano, el valor que tienen nuestras lágrimas?

Pero ¿a qué me refiero cuando digo que hay que ver dónde deben ser vertidas? El lugar preciso, no es mirando dentro del sepulcro vacío, como lo hizo María Magdalena (Lucas 24:5) Tampoco es, derramando tu alma delante de la muerte, de lo irremediable de una gran pérdida. No es consumiendo tus ojos y lastimando aún más, un corazón que ya está debilitado por la impotencia y el profundo dolor. Esas lágrimas producen un desahogo momentáneo, pero siempre dejan un sabor muy amargo. Paran de brotar un poco de tiempo, para volver en una catarata incontenible y estéril. ¡Son lágrimas oportunistas! Se las arreglan para mantenernos sumidos en un dolor sin fin. Trastornan tu visión. María Magdalena no podía ver la resurrección gloriosa de Jesús, porque estaba enfocada en la muerte. Así mismo nosotros, cuando nos centramos en el problema, no podemos ver la solución que tenemos en Dios.

El apóstol Juan, nos cuenta en (Juan 11:38) que Jesús lloró. Pero su llanto, era por causa de la dureza de los corazones. Esos judíos que se habían reunido en torno de la tumba de Lázaro, murmuraban criticaban a Jesús, con total muestra de incredulidad. Jesús lloró y llora aún, por nuestra condición; por vernos ensuciar una y otra vez las vestiduras de lino fino que El limpió con su preciosa sangre. Su llanto es vertido delante del Padre. Es una intercesión ¡por eso produce frutos! ¿Recuerdas a Ana? (1 Samuel 1: 1-28 ) ¡Esa mujer sí que supo escoger el lugar exacto donde derramar su alma! Tenía una angustia profunda porque anhelaba un hijo que no lograba concebir.

¡Ella fue al altar del Dios Viviente! (1 Samuel 1:10) porque sabía bien, que no debía buscar entre los muertos al que vive y reina por los siglos de los siglos… ¡Amén! Ana no fue comprendida, ni siquiera por el sacerdote Elí; él la criticó pensando que ella estaba ebria. ¡Hasta le mandó a digerir su vino! (1 Samuel 1:13-14) Pero ¿qué importa si no te comprenden cuando estás postrado en el altar, hecho un mar de lágrimas? ¡Dios las está recogiendo una a una! Las está pesando…está moviendo reinos; dando hombres por ti y naciones por tu vida. Cuando salta la primera lágrima de tus ojos, el grandioso, el único y majestuoso corazón de Dios ¡ya se está moviendo! ¿Quieres probarlo? Ahí mismo donde estás, póstrate y derrama tu alma en su presencia. Expone allí tu causa en intercesión y verás que algo grandioso y sobrenatural va a suceder en tu vida. ¡El es Dios de imposibles mi hermano! No desperdicies más, ninguna de tus lágrimas. ¡Inviértelas! ¡Tráelas al altar! Él las guardará en una redoma.

Recuerda que:

El corazón de Dios se mueve con ¡una sola de tus lágrimas!

Autora: Estela Schüsselin

Escrito para: www.destellodesugloria.org

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