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En medio del dolor – Reflexiones

En medio del dolor

Tuve la oportunidad de visitar a una gran mujer de 67 años que tiene cáncer al pulmón y había vivido hace poco una cirugía para intentar extirpar su tumor. Cuando le tomé la mano, me contó cómo había sido la operación y los cuidados que había tenido que tener mientras estaba en el postoperatorio. Se notaba muy cansada y adolorida, pero con ganas de conversar como siempre.

Dentro de las cosas que me comentó, me impresionaba cómo sus ojos se llenaban de lágrimas cuando recordaba el periodo de la radio terapia, pero no porque pensaba en ella, sino porque recordaba a quienes estaban viviendo el mismo proceso que ella. Me contó de una joven de 25 años que tenía un hijito, recordó a mujeres de 30, 40  hasta 50 años que no podían ni siquiera levantarse al baño. Incluso recordó  a una mujer que agonizó toda la noche falleciendo a la mañana siguiente. Quedé perpleja entre tantas historias, pero me impresionaron aún más las palabras que siguieron a continuación de su relato “al menos yo he vivido mucho más”.

En medio de un dolor físico y de lo angustioso que puede llegar a ser un cáncer, esta mujer es capaz de ver más allá de su propio cáncer y conectarse con las historias de dolor y pérdida de otras personas. Su hija me comentaba que cuando estaba recién operada la encontró un día en el baño secándole el pelo a otra mujer hospitalizada que lo único que quería era arreglarse para las visitas que vendrían.

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Lo que la tormenta me enseñó…

Lo que la tormenta me enseñó…

El verano del año pasado estuve en medio de un temporal de lluvia y viento que parecía una tormenta. Estábamos en medio de un campamento de jóvenes y tuvimos que utilizar todo el ingenio para poder pasar la noche y partir al día siguiente de regreso a nuestras casas. Los chicos estaban muy tristes porque había que regresar, pero lo entendieron.  Ya instalados en nuestros hogares conversábamos de lo que nos había dejado esa pequeña tormenta como lección y todos acordábamos que tenía relación con el aprovechar los tiempos y no dejar las cosas para última hora. ¿A qué me refiero? Es muy probable que Dios haya estado obrando en los corazones de todos los asistentes del campamento, y es también muy probable que más de alguno estaba esperando hasta el último momento para permitirle a Dios entrar en su vida. El último día se adelantó, por lo tanto quien no aprovechó las oportunidades no pudo obtener el valioso regalo que Cristo tenía para él o ella.

Pero no sólo las tormentas con temporal son las que dejan lecciones (desde qué materiales escoger para construir una vivienda, hasta la gratitud de tener un techo y abrigo), también las “tormentas personales” nos dejan lecciones que son para toda la vida, casi como un tatuaje.

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En los hombros del Gigante

En los hombros del Gigante

Estoy viajando hacia Santiago de Chile, puedo observar desde las alturas como todo se puede ver tan pequeño, incluso las misma Cordillera de los Andes que, en vivo y en directo, se ve impresionantemente grande e imponente.

Esta “perspectiva” desde las alturas me hace recordar una expresión que no hace mucho tiempo logré entender. Estar EN Cristo significa estar sentado en los hombros de un gigante, donde nuestra mirada de la vida y de las situaciones debiese ser más amplia y esperanzada, ya que sabemos que es Dios quien está con nosotros, ¿cierto?. Pero esto no siempre ocurre, muchas veces nos enfrascamos en situaciones que nos hacen ver con un lente con un zoom de 800%, agrandándola y sobrevalorándola, lo que finalmente termina con acumulación de tensión y más de algún mal rato o desgaste.

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El Día que me sentí Abandonado – Reflexión Cristiana

El Día que me sentí Abandonado

el-dia-que-me-senti-abandonado“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el SEÑOR me recibirá en sus brazos”

Salmos 27:10 NVI

Nací producto de una relación que sencillamente no funcionó, formo parte de las estadísticas de hijos procreados en matrimonios o relaciones disfuncionales en Latinoamérica y porque no decirlo en el mundo entero; a los pocos meses debido a los desavenencias y conflictos en los que se vieron inmersos mis padres decidieron separarse aunque mis conclusiones me dictan que nunca estuvieron juntos, sin embargo, eso propicio que mi mamá tomara la decisión de emigrar a otro país a buscar alguna alternativa para salir adelante ante la situación que se estaba viviendo, mientras que mi papá busco otro hogar. Tuvieron que dejarme al cuidado de mi abuela quien a pesar que solo contaba con meses de nacido aceptó hacerse cargo de mi; al parecer mi comienzo en esta vida estaba cargado de serias dificultades y aunado a eso crecía escuchando de boca de mi abuela palabras que por muchos años marcaron mi vida y abrieron muchas heridas en mi corazón, palabras que formaron en mi una baja autoestima, palabras que ningún niño de tres o cinco años quisiera escuchar, palabras tales como “tu papá te abandonó”, “tus papás no te quieren”, “cuando acababas de nacer tu papá le dijo a tu mamá que te botara, que se deshiciera de ti”, “nadie te quiere”, “tu familia te ve de menos”, etc., y esas palabras fueron mi desayuno, almuerzo y cena por mucho tiempo.

Recuerdo que para ir al kínder tenía que recorrer cerca de un kilómetro y medio para llegar a mi centro escolar y ¿sabes quién me acompañaba? , nadie, aquel pequeño gran estudiante tenía que arreglárselas para llegar con vida a la escuela y regresar con vida a la casa; es que te imaginas a un niño de kínder a esa edad y teniendo que valerse por sí mismo para ir a estudiar, veo a mi alrededor a muchas familias que cada día muy temprano en la mañana van a dejar a sus pequeños al colegio o escuela porque lo que menos quieren es exponer a sus hijos a tantos peligros que hay en la calle; pero yo no tuve esa dicha, tenía que enfrentarme a todos mis temores cada amanecer, mientras caminaba hacia la escuela una de las cosas que me aterrorizaba era encontrarme con los borrachos de la ciudad y sobre todo con un par de perros que se habían empecinado en hacerme la vida imposible, sí, eran dos endemoniados perros que en la mayoría de ocasiones me hacían correr por varias cuadras mientras ellos corrían detrás de mí, (ahí era el lloro y el crujir de dientes), ahora lo puedo contar bromeando pero en ese entonces para un niño de esa edad era una situación muy difícil ya que a pesar que le decía a mis abuelos todo lo que me ocurría ellos hacían caso omiso de ello y en lugar de ayudarme lo que hacía mi abuela era regañarme, ¿te imaginas?.

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Una noche de esas – Devocional Cristiano

Una noche de esas

“Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia”.

Génesis 15:5

Era una noche de esas en las cuales me sentía sin fuerzas, pese a considerarme un “buen servidor” no estaba viendo en mi vida nada de lo que Dios me había prometido, las cosas no estaban marchando bien y mi corazón se sentía herido por muchas cosas que estaban pasando a mi alrededor.

Por un momento pensé la típica frase que aquellos que creemos que somos “buenos” y que merecemos “más” de Dios solemos decir en algún momento de nuestra vida: “Señor, si yo te sirvo con todo mi corazón, ¿Por qué permites que me pase esto?”. Y es que a veces creemos que Dios tiene que tener trato preferencial con nosotros y por ello no tienen que venir a nuestra vida momentos difíciles, ¡Que equivocación más grande!

Todos seguramente hemos pasado por una noche de esas en las que por alguna extraña razón nos sentimos desprotegidos de todo, que al ver los cambios tan drásticos que está ocurriendo en nuestra vida y nuestro entorno sentimos que algo está fallando.

Mientras estaba en mi cuarto, pensaba en todo lo que yo anhelaba que sucediera, pero volviendo a mi realidad todo era lo contrario, mientras lloraba hablando con Dios sentía una presencia única, y es que esa era una noche de esas en donde Dios se habría de manifestar en mi vida.

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