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Cuando el pecado se convierte en tu “amigo intimo”

Cuando el pecado se convierte en tu “amigo intimo”

Seria una hipocresía enorme decir que ya no pecamos y lo digo porque este cuerpo corrupto nos insiste cada día para que caigamos en desobediencia y la mayoría de veces terminamos accediendo a pecados desde los que consideramos pequeños, hasta los que consideramos grandes, aunque siendo realistas cualquier pecado es eso: pecado.

Y es que el pecar no es una razón por la cual sentirse orgulloso, al contrario la mayoría de nosotros cuando le fallamos a Dios nos sentimos mal, sucios, indignos y una tristeza se apodera de nuestra vida, nos sentimos mal con nosotros mismos y aun mas con Dios.

Pero cuando el pecado ya no nos produce culpa ni cualquier sentimiento de dolor o tristeza, cuando pecamos y lejos de sentirnos arrepentidos no sentimos nada, entonces allí si hay un GRAN PROBLEMA.

Y es que a veces el pecado se convierte en nuestro “amigo intimo”, y digo intimo porque en la mayoría de ocasiones las personas nos ven muy bien, pero en la intimidad sabemos en que estamos fallando y que es lo que nos hace sentirnos mal o incomodos.

La gente puede ver que sonríes, que le sirves a Dios, que hablas de Dios muy lindo, que tienes dones hermosos, pero eso no significa que en la intimidad sea exactamente igual a lo que tratas de reflejar.

La mayoría de personas reflejan hacia las personas una personalidad que en su intimidad no es la verdadera. Muchos se ven alegres, sonriendo, pero posiblemente en su intimidad lloran, se sienten infelices y no encuentran como salir de esos estados de animo.

Cuando el pecado se vuelve tu “amigo intimo”, es triste, porque no se lo puedes contar a nadie, te da vergüenza que sepan que pecas en determinada área, no quieres perder la imagen que la gente tiene de ti, entonces te encierras tu mismo, en tu propia vida y con tu único amigo, ese pecado intimo, que nadie sabe cual es, pero que te afecta tanto.

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Escuadrón de Únicos

Escuadrón de Únicos

Nadie puede lograr que el francotirador apostado en la cima del imponente rascacielos desista de su objetivo. La policía observa impotente, como el mal viviente exige sus condiciones mientras los apunta desde lo alto de una de las torres más elevadas de la gran ciudad. Jueces, periodistas, fotógrafos, policías y cientos de curiosos se confunden en derredor del macabro espectáculo. Finalmente, el viejo comisionado limpia el sudor de sus lentes y dice una frase. Acaso, sea la que todos estaban esperando: “No hay nada más que podamos hacer… llamen a SWAT”.
Un suspiro de alivio se percibe en torno al respetado jefe de policía.

Indudablemente este es un trabajo para hombres entrenados para misiones riesgosas. En cuestión de minutos, el escuadrón SWAT toma el control. Los hombres de azul descienden de sus móviles con la precisión de águilas. Casi no hablan entre sí. No hay gritos nerviosos, solo órdenes precisas, como si cada uno de ellos ya supiera lo que le corresponde hacer. Se comunican en clave, manejan un código secreto. Rodean el edificio, dos suben por las escaleras hacia la tan temida terraza, otros aguardan en silencio desde la torre contigua. No sudan, sus movimientos parecen calculados. Estos hombres conocen el peligro, se tutean con él a diario y, por sobre todas las cosas, saben que deben comenzar justamente cuando los demás abandonan.
Si ellos no lo logran, no existe una segunda opción. Son la única y última alternativa. Es SWAT. El escuadrón de emergencia para situaciones límite. El grupo de resistencia armada contra las fuerzas invasoras. La última arma secreta de los escuadrones policíacos. Son los hombres de azul. Vencer o morir, esas son sus consignas. Son letales y precisos. Se trata del escuadrón entrenado para misiones únicas.

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