Había una hermana en la congregación que siempre que cantaba, desafinaba bastante, pero lograba que la Presencia de Dios viniera a la iglesia. Nada ocurría hasta que ella cantaba y adoraba. ¿Por qué pasaba eso? Porque cuando levantas tu rostro y adoras al Señor con esa adoración imperfecta pero tan del corazón como el de esta hermana, logras tener una relación de intimidad con Él, una relación en la que le puedes llamar ‘Papi’ y no ‘Señor’; y te puedes acercar a Él con la misma familiaridad con que tus hijos te llaman y se sientan en tu regazo para recibir tu amor.
Hay algo maravilloso en el libro de salmos y es que cuando los leo encuentro una mezcla tan extraña que me hace sentir bien. Por una parte, el salmista agradece y exalta a Dios con palabras y frases extraordinarias. Cuando las lees, piensas que jamás serás capaz de escribir algo similar y, yo al menos, me emociono hasta las lágrimas. Sin embargo, por otro lado también existen salmos cargados de mucho dolor, desesperación e incertidumbre ¿Cómo se explica entonces que el mismo hombre haya escrito ambos tipos de textos? ¿David habrá tenido bipolaridad y de un estado de euforia pasaba a un estado de depresión profunda? No, David no era bipolar, David era de carne y hueso como tú y como yo. Tenía días “buenos” y tenía días “malos”, tal como tú o yo.
¿Ahora entiendes porqué decía que me sentía bien cuando leía Salmos? Precisamente la “humanidad” de David me conecta con él, me hace entender que para él la vida era como la mía y que en lo momentos más alegres acudía a Dios con tanta intensidad como cuando venían los tiempos difíciles.
Mamá… ¿quién es este señor que llega con flores a casa, cuando papá no está? ¿Por qué te abraza, te besa y te dice palabras bonitas? No entiendo lo que dicen, pero veo entre ustedes una mirada cómplice y extraña. Cuando el te abraza, tú sonríes mamá, pero tus ojos están tristes; tu mirada, es como la mía cuando hago lo que a ti no te agrada ¡Es una mirada de culpa! Desde mi cunita los veo en la cama y pienso en mi papá. ¿Sabrá él lo que está pasando?
Mamá dime por favor: ¿Quién es ese señor? ¿Por qué nos visita, cuando papá no está? No esquives la mirada, yo sólo pregunto acerca de lo que veo sin comprender. En un rato más, la visita se irá. Te apresurarás a tirar las flores y a bañarte. Empezarás a limpiar la casa, la cama y… ¿y la conciencia mamá? ¿Tu conciencia no está sucia? O eso es lo que procuras limpiar con tus lágrimas y con tu oraciones? Mi papá es bueno, mamá. ¿Tú ya no lo amas? ¿Es porque no te trae flores? Yo veo que él te abraza y también te dice palabras bonitas, aunque tú siempre lo esquivas.
A veces somos tan duros con nosotros mismos, creamos toda clase de barreras que lo único que hacen es obstaculizar nuestra relación personal con Dios.
Nos constituimos jueces de nosotros mismos y nos juzgamos de una manera tan severa que lo único que provoca en nosotros es frustración de ver que no somos tan buenos como quisiéramos serlo.
Y es que aunque muchas veces queramos aparentar delante de la gente lo buenos, espirituales y casi perfectos que somos, la realidad es que somos personas normales, comunes, con batallas diarias, con áreas en nuestra vida que aun no hemos podido superar, humanos en busca de la perfección pero al fin imperfectos.
A veces nos meten tanto en la cabeza que tenemos que ser súper perfectos que al no lograrlo nos desanimamos de intentarlo y decidimos alejarnos de Dios, por la vergüenza de no ser como quisiéramos ser o por el sentimiento de no cumplirle como quisiéramos cumplirle.
Aceptar no es Aprobar, a veces juzgamos a las personas por ser diferentes y los tratamos mal cerrando las puertas del cielo para ellos, pero ¿Que tal si les abrimos las puertas y permitimos que conozcan el amor incomparable de Dios?, ¡Para Dios no hay nada imposible! Él puede cambiar a cualquier persona, no importando como sea, Dios tiene el poder de hacerlo, entonces nuestra tarea es llevar el mensaje de amor de Dios hacia cualquier persona ya que NO HAY NADIE INALCANZABLE.