Saber mucho sin saber nada

SABER MUCHO SIN SABER NADA

Mateo 18:3

Y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Hoy mientras oraba pedía al Señor que me librase del protagonismo, que me hiciera como en mi juventud, como un niño en la fe, pues recuerdo aquellos días cuando no sabia casi nada del Señor y sin embargo Dios me usaba a veces de maneras sorprendentes. No sabia nada en esos días, solo sabia que Jesús me había tocado, me había recibido y que dentro de mi podía sentir Su presencia. En esos días tenia un hambre insaciable de Dios. Bien advierte la Escritura que el conocimiento envanece.

Hoy Jesús no necesita hablar pues yo no le dejo. No necesito Sus dulces palabras, yo solito puedo impresionar con mis palabras sin sustancia rellenas de hueco conocimiento “bíblico” y sin poder transformador. Se puede saber mucho, sin saber absolutamente nada. Se pude hablar mucho sin decir nada que valga la pena escuchar. Es precisamente mi forma de verme a mi mismo que me permite entrar o me mantiene fuera de esa dimensión sobrenatural que es el Reino de los cielos aquí en la tierra.

No estoy hablando de la salvación, estoy hablando de ver formarse en mi vida y en las per- sonas a mi alrededor el Reino de Dios, estoy hablando de vivir asido de la mano de papá comiendo sin medida del plato de Su amor, es oler a papá, es confiar ciegamente en papá. Es hacer del Rey del reino, el protagonista de mi vida, y como dijo Juan el bautista, menguar para que el crezca. Es considerar a los demás como superiores a mi mismo sin dejar de verme a mi mismo como el especial tesoro de papá, lo mismo que los demás. Es no considerarme digno de ni siquiera desatar Sus apestosas sandalias.

Para entrar a ese maravilloso lugar, el lugar de los delicados pastos, debo verme a mi mismo como un niño y dejar de razonar, cuestionar, demandar y señalar. Razonar no es necesaria- mente malo, pero los niños razonan sin maldad, no razonan para buscar excusas o manipular. Los niños no tiene pretensiones, no tienen maldad, no buscan posición pues se saben ama- dos, todo lo creen, todo lo esperan, es cuando dejan estas cosas que empiezan a parecerse a nosotros y a “madurar”. El orgullo aparece, el escepticismo, el cinismo, el egoísmo, el protago- nismo y todos los “ismos” que nos plagan en la edad adulta y que no permiten que abramos la puerta invisible del Reino y entremos por ella confiados con alegría y sencillez de corazón.

Salmos 131:2

En verdad que me he comportado y he acallado mi alma Como un niño destetado de su madre;
Como un niño destetado está mi alma. 

Autor: Lucio Spitaleri

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