¡Desentierra a tus “muertos”!

¡Desentierra a tus “muertos”!

Días pasados, estaba viendo una película documental, acerca de los avances que ha alcanzado a lo largo de estos años, la medicina forense. ¡Es un tema que me apasiona! En el documental, era impresionante ver que a partir de unos pequeños fragmentos de huesos, se pudiese determinar entre otras cosas, el sexo, la edad  y hasta el origen étnico de las personas fallecidas. Los restos óseos, también les proporcionan datos a los investigadores acerca del presunto homicida. En una ocasión, pudieron descubrir que un asesino en serie, había enterrado debajo de su casa ¡una gran cantidad de  cadáveres! En un allanamiento a la propiedad, los investigadores fueron alertados por el olor nauseabundo que provenía de debajo de la alfombra. Removieron el piso y tras cavar un poco, llegaron a encontrar la espeluznante suma de ¡29 cadáveres enterrados ahí! Lo que más me impresionó, es el hecho de que ¡alguien pudiese convivir con todos esos  muertos! ¿Aquel hombre se habría acostumbrado al olor, de tal modo que este ya no le molestaba? A veces en nuestras casas hay una fuga de gas y nosotros ya no lo percibimos. Sólo quien entra de afuera, nos alerta del fuerte olor que se siente dentro de la casa.

Esto me hizo reflexionar, acerca de nuestra condición espiritual. Venimos al Señor ¡pero no llegamos a desenterrar a nuestros “muertos”! Seguimos con un montón de cosas enterradas en el fondo de nuestro corazón, que nos hacen andar por ahí, despidiendo  un fuerte olor nauseabundo. Recuerdos  de cosas que nos sucedieron alguna vez, quizás años atrás y que no logramos perdonar. ¡Nos sorprendería saber con cuántos “muertos” somos capaces de convivir! En estos días, estuve visitando a algunas hermanas que padecían diversas enfermedades. Ni bien comenzaban a hablar, se podía percibir el fétido olor de sus “muertos”.  Recordaban vívidamente cosas, que le sucedieron en sus vidas ¡hacía ya muchos años! Al hablar de lo sucedido, se abría nuevamente la herida, quedando en evidencia el dolor que había en sus vidas y la falta de perdón. Algunos de los  hechos narrados, sin duda revestían  importancia, pero muchas de las historias, consistían en pequeñeces que permanecían enterradas,  tapando el precioso aroma con que Jesús les ungió. Me estoy refiriendo, a vidas lavadas y regeneradas, por la preciosa sangre que Jesucristo derramó en la  Cruz del Calvario, para darles vida eterna y abundante. ¡Me refiero a hijas de Dios! ¡A personas que han experimentado el  amor del Padre y que disfrutaron de su perdón! ¿Cómo es posible que en el momento de entregar su corazón a Cristo, no fueron capaces de declararles los “muertos” que tenían enterrados en el fondo? ¿Habrán creído que Jesús podría colocar su trono sobre esa osamenta nauseabunda? Amados, el convivir con los muertos, enferma el cuerpo, el alma y el espíritu.

Conocí a un hombre que tras perderlo todo, se dio a la bebida y se fue a vivir a un cementerio.  Hacía de un panteón vacío, su habitación. ¡Había perdido hasta su identidad!. Un día, lo confronté: le pregunté su verdadero nombre, ya que era conocido como: “Don nene” Se quedó mudo por unos instantes, como tratando de recordar. Luego, dejando caer unas lágrimas, me dijo su nombre completo. ¿Cómo podía este hombre vivir en el cementerio? Es que los “muertos” que él tenía enterrados en su corazón ¡hedían más fuerte que los que estaban afuera!  La traición de su esposa, la pérdida de los bienes materiales,  del amor y el respeto de sus hijos, el perder su dignidad y aún su propia identidad. ¡Era para él, algo tan difícil de perdonar! Pero Pedro (así se llamaba este hombre) escuchó un día la Palabra de Dios y entendió que “no envió Dios a su hijo al mundo  para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El” (Juan 3:17) Pedro sintió el profundo amor del Padre, y experimentó su perdón. Diligentemente, abrió un boquete en su corazón y comenzó a desenterrar uno a uno a sus “muertos” ¡Pedro, limpió su corazón, para que Jesús colocara allí su trono para siempre! Al perdonar, soltó también la vida de aquellos que permanecían atados por su falta de perdón. La vida de aquel hombre cambió. Dios lo dignificó y le devolvió con creces lo que el  enemigo de nuestras almas le había robado. Amado:

 ¡Desentierra a tus “muertos”! ¡Limpia tu corazón y deja salir el dulce aroma de Cristo en tu vida!

Autora: Estela Schüsselin

Escrito para: www.destellodesugloria.org

COMPARTE


Ahora puedes comentar con tu cuenta de Facebook: