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Colgando la capa…

Colgando la capa…

Toda mi vida (y no lo digo con orgullo) he sentido un compromiso social muy grande, una necesidad de poder estar en los lugares donde siento que puedo hacer algún aporte o involucrarme en alguna causa que beneficie a otros. No tiene que ver con un corazón misericordioso o con que sea extremadamente solidaria, tiene más que ver con sentirlo como una responsabilidad por las oportunidades que Dios me regaló a mí. Este sentimiento me acompaña en todo lugar y a ratos me juega malas pasadas.

Basta ver las noticias, leer el diario o dejar de mirarse el ombligo para reparar en que vivimos en un mundo lleno de necesidades: materiales, económicas, afectivas, emocionales, etc. Estamos en una sociedad que requiere urgentemente de un trabajo de joyería en sus vidas para ser capaces de salir adelante y lograr sus sueños, y en esa sociedad no estamos ajenos tú y yo, también tenemos necesidades, también tenemos sueños. Sin embargo, muchas veces nuestras necesidades se ven satisfechas ante una sonrisa o cuando nos sentimos útiles, sentimos que en el día nuestra vida tuvo sentido porque fuimos capaces de atravesar el caparazón de alguien y llegamos a su corazón.

Cuando vivimos la vida de esta manera nos acercamos al modelo de Jesús, a como Él aprovechó cada momento que estuvo en la tierra para servir a otros y entregar aquello que tenía en su corazón, un amor y una sabiduría a toda prueba. Pero también ocurre que en medio de esta cruzada por vivir la vida de acuerdo al modelo de Jesús nos damos cuenta que no alcanzamos a cubrir todo lo que quisiéramos, que no podemos ayudar cuanto quisiéramos y que hacemos la cosas lo mejor que podemos con lo que tenemos, pero que no es suficiente.

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Cuando una puerta se cierra y tu sueño es roto

CUANDO UNA PUERTA SE CIERRA Y TU SUEÑO ES ROTO

Isaías 55.8  Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.     

Todas las personas en la vida tenemos sueños que esperamos algún día alcanzar; ya sea una carrera terminada, un buen trabajo, formar un hogar, tener una familia, una empresa, o un negocio propio; en fin, sueños que deseamos cristalizar. Cuando jóvenes no miramos los obstáculos o barreras que nos impidan llevar a cabo un ideal, nos esforzamos por lograrlo, incluso aun cuando ya somos personas con una determinada edad, nos trazamos metas y luchamos por llegar. Sin embargo, ¿Que sucede o como reaccionas cuando este sueño o ideal es roto? ¿Cuándo tus planes no son los de Dios? ¿Qué pasa por tu mente y que sientes en tu corazón? No se si has pasado por este trance alguna vez o lo estas pasando en este momento. Como humanos pensamos que todo lo que hicimos de nada sirvió, que fue un tiempo perdido, una mala inversión, que lo mejor es dejar todo y darse la vuelta para encaminar nuestros pasos en otro sendero; llega a nosotros el desaliento, la frustración, la ira, el llanto, y hasta el punto de quitarse la vida para ya no padecer esta decepción ( sobretodo si se trata de una decepción amorosa); entramos en una etapa de depresión, sentimos o creemos que todas las puertas o posibilidades ya están cerradas, que ya no hay ninguna salida y que en realidad ya nada vale la pena. El sueño sobre el cual habíamos puesto todas nuestras energías, y esperanzas de pronto se esfumo así como así; en nuestro corazón se produce una gran herida que duele demasiado y no nos permite ver más allá de nuestro fracaso o tropiezo. Muchas personas ante esta situación deciden refugiarse en el alcohol, en pastillas antidepresivas o bien consultan a los psicólogos, y en el peor de los casos visitan a un psiquiatra, para pedir ayuda. Situación difícil ¿verdad?

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A veces hay que hacer lo que se tiene que hacer

A veces hay que hacer lo que se tiene que hacer.

Claro, si leemos la oración anterior no nos dice mucho, pero démosle una segunda vuelta para ver qué tiene que decirnos. Me ocurre (más seguido de lo que quisiera) que la lista de mis “tengo” es mayor que la lista de mis “quiero” y casi como una niña de 3 años que no le compran lo que quiere, me resisto a hacer muchas de las actividades para los cuales no tengo ni el ánimo, ni las ganas. Espero que quiénes leen no estén pensando que quiero vivir una vida sin ninguna responsabilidad, dejen que profundice un poco más, denme una oportunidad.

Un día de la semana que recién pasó, estaba precisamente en medio de este berrinche infantil cuando llega a mí el siguiente comentario: “Los campeones hacen cosas que detestan para lograr cosas que desean” y desde ahí nace la inspiración de este escrito.

¿Sabes quién se me viene a la mente cuando leo lo anterior? Creo que sí lo sabes. Sí. Es ÉL. Es Jesús. Si hay un campeón en este mundo, ese es Jesús, sin ninguna duda. Jesús fue un campeón desde que nació, le ganó al temor de María y de José, le ganó a la instrucción de que todos los bebés debían morir, le ganó al establo en donde nació, le ganó a Satanás cuando lo tentó en el desierto, le ganó a las tradiciones, le ganó a la religión, le ganó a las calumnias…¡le ganó a la muerte! ¿Y cuál fue su costo? Tú y yo lo sabemos: la muerte. Jesús tuvo que morir para ser un campeón de campeones, él tuvo que hacer algo que no era de su agrado, como morir (y el sudar sangre lo refleja), logar para lo que deseaba: salvar a la humanidad.

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Tú Padre es quien te empuja en la maratón de la vida

Tú Padre es quien te empuja en la maratón de la vida

El día que Rick nació traía el cordón umbilical enrollado en su cuello por lo que obstaculizo que el oxigeno llegara a su cerebro. A Dick (padre de Rick) y a su esposa le dijeron que no había esperanza que su hijo se desarrollara y que sería como un vegetal toda su vida. Ellos decidieron llevar su hijo a casa y criarlo de una manera “normal”.

El joven Rick creció como un niño normal a pesar de sus problemas para movilizarse y comunicarse. Unos científicos le fabricaron una computadora con la que Rick pudo comunicarse con el mundo. Rick estudio y se graduó de la universidad a pesar de sus problemas físicos.

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¡No me siento digno! – Palabras de Animo y Fortaleza

¡No me siento digno!

Estoy seguro que en algún momento de tu vida cristiana te has sentido indigno de hacerte llamar hijo de Dios, quizá por tus recurrentes errores o faltas, quizá por alguna área de tu vida que no has podido superar y se ha convertido en tu aguijón o porque crees que eres demasiado malo o mala como para hacerte llamar de esa forma.

Y es que no vamos a negar que todos quisiéramos hacer bien las cosas, no vamos a negar que la intención de agradar a Dios está en nosotros, pero por alguna razón nos cuesta un mundo llevar a cabo su voluntad o por lo menos dejar de fallarle.

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