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Mi alma tiene sed de Dios

MI ALMA TIENE SED DE DIOS

Lectura: Salmo 42

Por favor cambia tu mente a la forma de la de un niño para que puedas entender la Palabra que Dios tiene para ti hoy.

Necesitamos tener sed por la presencia de Dios. Existen muchas ocasiones en nuestras vidas en que empezamos a ceder, en que nos empezamos a desanimar, en que la llama de la pasión que ardía en nosotros parece apagarse más y más; ya no oramos con frecuencia, decimos constantemente la infaltable excusa “es que no tengo tiempo”, dejamos relegado el servicio a Dios y nos ocupamos de cosas vanas, olvidando quién es el que nos ha salvado y nos ha guiado por camino de bendición y de vida.

Nosotros somos muy propicios a juzgar a los israelitas por su ingratitud frente a Dios pero no nos damos cuenta que no somos tan diferentes a ellos. Se dice que aquél que no conozca la historia está condenado a repetirla, no repitamos la historia de un pueblo que, teniendo la maravillosa oportunidad de tener la palabra de Dios por profetas, que pudieron ver la grandeza de Dios, que eran escuchados por Dios cuando necesitaban libertad y salvación; decidieron olvidarse de Él y sufrieron consecuencias funestas por su decisión.

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¡Señor, Dios de mi salvación, sácame de esta fosa!

¡Señor, Dios de mi salvación, sácame de esta fosa!

Cuando nos encontramos inmersos en el dolor por cualquier tipo de circunstancia llega un momento en que nuestros corazones se quedan quietos y en silencio, sin querer saber nada de nada ni de nadie. Es en estos momentos cuando empezamos a sentir impotencia porque no sabemos qué hacer, cómo actuar y a quién acudir. Sentimos que nuestra esperanza se derrumba, que ya no hay nada que podamos hacer para salir de esa difícil situación.

Es entonces cuando nuestro corazón empieza a clamar con desesperación la Presencia del Señor en nuestras vidas para que esa situación que estamos viviendo y que es tan dolorosa para nosotros desaparezca para siempre. Es como si de lo más profundo de nuestro ser surgiera un grito de auxilio, en el que nuestra voz se ahoga y nuestra alma se quebranta, es un grito que expresa ¡ya no puedo más, te necesito Señor, qué más quieres que te diga, sin ti no soy capaz de salir de esta fosa en la que me encuentro, ayúdame por favor!

Señor, Dios de mi salvación, día y noche clamo en presencia tuya. Que llegue ante ti mi oración; dígnate escuchar mi súplica. Salmo 88:1-2 (Nueva Versión Internacional).

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No abras tu corazón a cualquiera

No Abras tu Corazón a Cualquiera

“Las ostras se abren por completo cuando hay luna llena; y cuando los cangrejos ven una ostra abierta, tiran dentro de ella una piedrita o un trozo de algo, a fin de que la ostra no pueda volver a cerrarse y el cangrejo pueda devorarla. Éste es también el destino de quien abre demasiado la boca, con lo cual se pone a merced del que lo escucha”

Hay una historia en la Biblia que muchos ya conocen, pero de la cual siempre vamos a ser advertidos por Dios para no cometer el peor error de nuestra vida, que es abrirle el corazón a la persona equivocada.

Hubo una pareja de esas en donde la mujer tenía sometido al hombre, él era como “su peluche”, ella hacía con él lo que quería.  Este hombre, no era cualquier hombre. Había sido elegido por Dios para librar al pueblo de Israel de la mano de un pueblo enemigo conocido como los filisteos. Él tenía una misión muy importante que llevar a cabo, de la cual dependía toda su gente. Porque su pueblo había estado sometido por cuarenta años a los filisteos. De acuerdo al actuar de Sansón el pueblo se enriquecería o se empobrecería. Sansón era un hombre que se desenfocaba muy fácilmente del propósito por el cual él había nacido. Y siempre “se enganchaba” con algo que siempre le complicaba la vida, para luego “desengancharse” utilizando la fuerza física, porque él era un hombre muy fuerte. Pero hubo un día, que quedó “atrapado” y de esta situación no pudo salir más.

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El viene ¡cuando papá no está!

El viene ¡cuando papá no está!

Mamá… ¿quién  es este señor que llega con flores a casa, cuando papá no está? ¿Por  qué te abraza, te besa y te dice palabras bonitas? No entiendo lo que dicen, pero veo entre ustedes una mirada cómplice y extraña. Cuando el te abraza, tú sonríes mamá, pero tus ojos están tristes; tu mirada, es como la mía cuando hago lo que a ti no te agrada ¡Es una mirada de culpa! Desde mi cunita los veo en la cama y  pienso en mi papá. ¿Sabrá él lo que está pasando?

Mamá dime por favor: ¿Quién es ese señor? ¿Por qué nos visita, cuando papá no está? No esquives la mirada, yo sólo pregunto acerca de lo que veo sin comprender. En un rato más, la visita se irá. Te apresurarás a tirar las flores y a bañarte. Empezarás a limpiar la casa, la cama y… ¿y  la conciencia mamá? ¿Tu  conciencia no está sucia? O eso es lo que procuras limpiar  con tus lágrimas y con tu oraciones?  Mi papá es bueno, mamá. ¿Tú ya no lo amas? ¿Es porque no te trae flores? Yo veo que él te abraza y también te dice palabras bonitas, aunque tú siempre lo esquivas.

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Cinco oraciones bíblicas que nos enseñan cómo hablar con Dios

CINCO ORACIONES BÍBLICAS QUE NOS ENSEÑAN CÓMO HABLAR CON DIOS

1- La oración de Ana por un hijo (1 Samuel 1:10 – 16): el corazón roto por su incapacidad para concebir un niño (y atormentado por una rival que se burlaba de ella por eso), Ana se volvió a Dios en oración tan intensamente que el sacerdote que la veía pensó que estaba ebria: “… ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente”, v. 10; Dios contestó la oración de Ana y su hijo Samuel vino a ser uno de los grandes profetas de Israel.

2- La oración de confesión de Daniel (Daniel 9:1 – 19): el pueblo de Dios había pecado y estaban bajo Su juicio. En lugar de culpar a Dios, excusarse o simplemente desesperarse, el profeta Daniel en su lugar expresó una de las oraciones más conmovedoras de arrepentimiento recordadas en toda la Biblia: “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. Oh Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén…”.

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