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La Historia del Piloto

La historia del piloto

Dicen que era un piloto experimentado. Horas de vuelo en su haber. Pero que nunca le había sucedido una experiencia semejante.
Sobrevolaba el océano con su avioneta a hélice cuando lo sorprendió un ruido extraño debajo del asiento. Una inmensa rata correteaba entre sus pies. Fueron los minutos más patéticos de su carrera como piloto aéreo. Un sudor frío recorrió su espalda mientras buscaba desesperadamente un lugar donde aterrizar de emergencia, detalle bastante difícil si tenemos en cuenta que volaba sobre el mar.
Y fue entonces que se le ocurrió un plan alternativo.
En vez de buscar un sitio para aterrizar, decidió levantar más altura. Se elevó por encima de lo que jamás había volado, y la rata, que no soportó la presurización, murió en el acto.

Hubiese dado cualquier cosa, porque alguien me contara esta historia cuando yo era más joven. Cuando estaba pendiente de todas las críticas. Cuando me importaba demasiado el “qué dirán”. Supongo que de haber oído la historia del piloto, hubiese logrado mucho más de lo que El Señor me demandaba por aquel entonces.
Siempre existirán las críticas constructivas y serán bienvenidas. Pero también estarán los roedores, aquellos que solo corretean entre los pies de los que andan en las alturas.

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Hombres de Negro

Hombres de negro

Una reunión siniestra se lleva a cabo en algún lugar secreto del infierno. Alguien acaba de convocar a los oscuros emisarios por un tema de alerta roja en el cosmos. Una nota inquietante.

Los dos visten de negro y usan lentes oscuros.
Caminan sin prisa, y cualquiera se daría cuenta de que están profundamente preocupados. El largo pasillo, tenebroso y siniestro, se dibuja ante ellos como una premonición de lo que les espera adelante, en cuestión de instantes. Casi no hablan, pero los dos sienten lo mismo. Ese sentimiento agobiante e insoportable: el miedo. Uno de los dos rompe el silencio.
- ¿Quién se lo dirá al jefe?
El otro casi no contesta, solo se le oye un murmullo. Un rezongo, tal vez. Acaso porque sabe que lo inevitable es inminente. Cruzan el frío pasillo y la compuerta se abre en medio de un chirrido lúgubre. Casi no hay oxígeno y la atmósfera está viciada. Los oscuros visitantes solo ven el imponente sillón rojo de espaldas. Apenas divisan la silueta de su superior en medio de una espesa bruma. Uno de los hombres de negro está sudando. El otro apenas puede respirar del miedo. El jefe no pregunta, solo espera en silencio el reporte.
- No pudimos… -el hombre se arregla la garganta- mejor dicho, no hay nada que podamos hacer.
El jefe sigue de espaldas, no ha dicho nada, pero ellos saben que está muy enojado. Suele perder el control cuando oye que una misión ha fallado. Por eso, los hombres de negro están temblando. Pero esta vez no hay gritos, no hay histeria. El jefe sigue de espaldas y se percibe una honda frustración en sus palabras. Suena cansado. Apenas, casi imperceptiblemente, mueve sus huesudos y largos dedos.
- Deben tener algún punto débil -dice- un talón de Aquiles. ¿Seguro que lo probaron todo?
- Todo, jefe. Los hemos llenado de tentaciones las veinticuatro horas, tratamos de hacerles sentir culpa y autocompasión… pero sin resultados. Tratamos de llenarlos de odio y resentimiento, pero los desgraciados tienen un anticuerpo. Agotamos todas las armas con ellos.
- ¡Tienen que tener alguna maldita debilidad! -dice el tenebroso jefe mientras cierra su puño derecho- Recuerden que solo son mortales. ¿Probaron con pensamientos impuros y obscenos? ¡El arma de la pornografía y la obscenidad siempre los afecta hasta destruirlos!

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Un Secreto Clasificado

Un secreto clasificado

Voy a contarte un secreto.

A Dios no lo mueve la necesidad.

¿Oíste eso?

Es inútil que cuando trates de orar, te duelan las rodillas, o le digas que ya no soportas más, o que no mereces vivir esta situación o que llores hasta que no te queden lágrimas.

A Dios lo mueve tu fe.

La nave de los discípulos parece que va a darse vuelta como una frágil cáscara de nuez. Las olas sobrepasan el barco y el mar se ve más enfurecido que de costumbre. Los hombres tienen pánico, pero Jesús descansa plácidamente en el camarote.

Uno de ellos, se harta de esperar que el Maestro deje de roncar. Y lo despierta de un sacudón.

-¡Maestro! No ves que perecemos? No te da un poco de lástima que nos estamos por ahogar? Cómo se te ocurre dormir a bordo del Titanic? No podrías tener un poco de consideración con tus apóstoles?

Será mejor que los discípulos sepan, desde ya, que este día no figurará en ningún cuadro de honor. Esta no será el tipo de historia con las que futuros evangelistas armarán sus mensajes. Si querían aparecer retratados en la historia grande de los valientes de la fe, tengo que comunicarles que han errado el camino. De este modo, no se llega a Dios. No conmoverán al Maestro con un sacudón y gritos desaforados. La histeria no enorgullece al Señor. Puedo asegurarles que Pedro, Juan y otros tantos querrán olvidarse de este episodio, y jamás le mencionarán a sus nietos que esto ocurrió alguna vez.

Pese a lo que hayas creído todos estos años, la necesidad, insisto, no mueve la mano de Dios.

El Señor se levanta un tanto molesto. Este es su único momento para descansar en su atareada vida ministerial. Y estos mismos hombres que presenciaron como resucitó muertos y sanó enfermos, lo despiertan de un descanso reparador, por una simple tormenta en el mar. Se restriega los ojos, mientras trata de calmar a quien lo acaba de despertar de un buen sueño profundo.

-No tengan miedo -dice, mientras bosteza.

El Señor sale del camarote y ordena a los vientos que enmudezcan. Y al mar que se calme.

Hombres de poca fe -dice, antes de regresar a la cama.

Uy.

Eso si que sonó feo.

No quisiera irme a dormir con esas últimas palabras del Señor acerca de mi persona.

Pensaron que les daría unas palabras de aliento. O que les diría que la próxima vez no esperen tanto para despertarlo. Quizá que mencionaría que para el próximo viaje, se aseguren una mejor embarcación, o que chequeen si hay suficientes botes salvavidas. Pero sólo les dijo que fallaron en la fe.

Alguno de ellos, cualquiera, debió haberse parado en la proa y decir:

-¡Viento! Mar! Enmudezcan en el nombre del Señor que está durmiendo y que necesita descansar!
Esa sí hubiese sido una buena historia. Los evangelistas hubiésemos aprovechado ese final para nuestros mejores sermones.

Es que, sólo la fe es la que mueve la mano de Dios.

Autor: Dante Gebel
Adaptado de “Las arenas del alma”
(Editorial Vida-Zondervan)

Regreso al futuro

Regreso al futuro

Moisés envía a doce delegados de cada tribu a espiar la tierra. Diez eran del montón, dos eran visionarios. Diez vieron los gigantes, los otros dos vieron los gigantes… y lo que había detrás. Diez pensaron que Dios les pedía opinión, dos entendieron que solo se trataba de una invitación de cortesía al mejor estilo de los tickets premium.
Cuando es inminente el estreno de un buen largometraje, las grandes compañías de cine suelen ofrecer una premier para algunos destacados periodistas, colegas, los propios actores y selectas figuras del ambiente. No les preguntan si pueden estrenar la película, a decir verdad, no les interesa en lo más mínimo la opinión de los invitados. Solo creen que ellos merecen ver, antes que el resto, lo que disfrutarán millones de espectadores alrededor de todo el mundo. Eso es, exactamente, lo que Josué y Caleb entendieron.
Lo que Dios trataba de hacer era ofrecerles un adelanto, un estreno para personas muy importantes, el Creador estaba ofreciendo una función exclusiva para sus invitados. Pero los que no pudieron entenderlo, pensaron que el director de la película los invitó para que escribieran una crítica en el periódico de espectáculos.
-No podemos lograrlo, está lleno de gigantes. Es demasiado arriesgado -dijeron mirando por sobre sus anteojos.
-Podemos. Los devoraremos como a pan -opinaron los visionarios fascinados por el viaje al futuro.
-Somos como langostas -finalizaron los religiosos ciegos.
-Dios pelea por nosotros -razonaron los visionarios.
Ahora, quiero que leas con cuidado. Tienes unos treinta y tantos años y aún eres soltera. Has llegado a considerar seriamente que tal vez nunca llegues a casarte. No encuentras el hombre ideal y presientes que vas a morir «doncella por antigüedad», la sola idea de no tener con quien compartir tu amor te aterra. Pero olvidé decirte que, además de predicador y aprendiz de escritor, soy un científico loco. Acabo de inventar una máquina del tiempo y quiero estrenarla con alguien, si te parece bien, podemos hacer un viaje, digamos, al año 2020. No es nada serio, solo hablo de echar un vistazo a tu futuro.
¿Te fascina la idea?, sabía que podía contar contigo. Ingresas, apretamos los botones correctos, calibramos las coordenadas correspondientes, y allí vamos.
Imagina que te ves, no solo felizmente casada, sino además, rodeada de unos tres bellos niños. A decir verdad, has engordado un tanto, pero no es lo que más importa. Observa con cuidado, allí está él. Es como te lo imaginabas, alto, bien parecido, y está trabajando en el jardín mientras que el molesto perro no deja de ladrarle a la cortadora de césped.
¿Viste eso?, hasta tienes un perro, realmente puedes sentirte una joven afortunada.
Pero tenemos que regresar, nunca te dije que vinimos para quedarnos. Tu tiempo aún no es este. Si te quedaras, podrías interferir con tu propio yo y encontrarte contigo misma, y eso ocasionaría un golpe cósmico. Esto es solo un adelanto de tu vida, un paneo general de lo que vendrá.
Ahora bien, ¿cómo crees que te sientes?
Después de haber visto tu futuro… ¿crees aún que podrías preocuparte por morir soltera? Claro que no, estuviste allí y sabes lo que vendrá. Ahora puedes dedicarte a disfrutar
tu presente y tu soltería en vez de maldecir el presente.
Pero convengamos en que te has transformado en una visionaria, viste demasiado como para dejarte que la vida te pase por encima.
Sigamos con el experimento, que pase el que sigue.
Miren a quién tenemos aquí. Me miras sorprendido y opinas que nunca serás un hombre de Dios. Si no me equivoco, crees que no calificas para el campeonato espiritual, tienes demasiados hábitos ocultos como para creer que Dios tenga planes con tu vida. Pero claro, a ti tampoco te hablaron de mi máquina del tiempo.
Súbete y vayamos juntos al 2012, no es tan lejano. Observa el imponente estadio del futuro. Miles de personas pugnan por ingresar al predio, vienen de todas partes del mundo. Formémonos en fila como los demás, aquí nadie nos conocerá. Dicen que este predicador es usado tan poderosamente por el Señor que varios jefes de estado le han solicitado entrevistas. Hasta la CNN se alinea para obtener las mejores imágenes de la cruzada. Y ahora, mi distinguido pasajero del tiempo, prepárate para el impacto de lo que vas a ver. Observa al predicador saliendo al escenario central.
¿Ya viste quién es? ¡Sabía que no ibas a poder resistirlo!
Casi te desmayas de la emoción. Eres tú mismo, con algunos años más. El bigote no te queda del todo bien, pero lo importante es lo que Dios hace contigo. Los paralíticos corren desaforados por el estadio, la gente se aglomera para hacer la oración del penitente. Realmente tienes un mensaje demoledor.
Pero debemos regresar.
Por favor, no hagas las cosas más difíciles, sé lo que darías por quedarte el resto de la reunión y ver tu sueño cumplido, pero solo se trata de un vistazo.
La misma pregunta que le hice a la dama, ahora que estamos de regreso. Después de lo que viste, ¿aún te preocupa el ministerio o si Dios va a usarte? La respuesta es obvia, claro que no. Viste demasiado como para detenerte en pequeñeces del presente.
El visionario ya estuvo en donde los demás aún no ingresaron.
Él ya vio la película. Ahora solo queda esperar el estreno mundial, para que el resto la disfrute.
Por eso es que los que están un paso más allá, los que ingresaron a su futuro, casi nunca pueden disfrutar su presente.
Liliana, mi esposa, me ha enseñado a vivir un día a la vez.
Ella siempre dice que es muy difícil convivir con alguien que ya estuvo en su futuro, porque puede cometer el gravísimo error de perderse el presente.
Cuando Dios te permite ingresar en tu futuro y te embriaga con una visión, es para que aprendas a disfrutar lo que tienes ahora y para que a cada minuto, hagas algo que haga que valga la pena tanta gracia invertida en tu persona.
Los visionarios tienen a favor que ya estuvieron ahí, pero pueden cometer el error de no bendecir su sala de espera.
La soltería pasa una sola vez. Los hijos pequeños corretean por tu hogar solo mientras son pequeños. Hay que vivir cada minuto sabiendo que ya no regresará.
Una vieja y conocida canción de un popular intérprete latino, dice:
De tanto correr por la vida sin frenos,
Me olvidé que la vida se vive un momento,
De tanto querer ser en todo el primero,
Me olvidé de vivir, los detalles pequeños.
El hecho de visionar el futuro tiene que lograr relajarte y darte la tranquilidad de que Dios ya estuvo en lo que viene, y nada ni nadie lo puede modificar. Josué y Caleb contaban con eso. Ni siquiera otros cuarenta años por el desierto hicieron que olvidaran lo que habían visto.

Autor: Dante Gebel
Adaptado de “El código del Campeón”
(Vida-Zondervan)

La Frase de los sabios

La frase de los sabios

Una antigua leyenda cuenta que un famoso rey decidió reunir a sus principales sabios y eruditos en un conclave para solicitarles un favor.
-Acabo de traer un gran anillo de mi última conquista -dijo el monarca- es muy valioso y además me da la posibilidad que puedo guardar algo más valioso aun, en su interior. Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo mas sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión de sabiduría y luego lo escriban en un papel diminuto. Luego, yo guardare esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré mi anillo y estoy seguro que esa frase me ayudara en el peor momento de mi vida.
Así que los sabios pasaron el resto del día debatiendo cual seria esa frase que resumiría toda la sabiduría que ningún humano había oído jamás.
Cuando cayó la noche, uno de los eruditos del reino, en representación de todos los demás, se acerco al rey con una frase escrita en un pequeño papel.
-Aquí esta, su Majestad. Solo tiene que guardarlo en su anillo y leerlo en caso que una gran crisis golpee su vida y su reino.
El monarca guardo el papel en su anillo y se olvido del tema.
A los pocos años, el reino era saqueado por los enemigos y el palacio reducido a escombros. El rey logro escapar entre las sombras y se oculto entre unas rocas, en las afueras de su devastada corte. Allí, observando un precipicio, considero la posibilidad de quitarse la vida arrojándose al vacío, antes de caer en manos enemigas. Fue cuando recordó que aun conservaba el anillo, decidió abrirlo, desenrosco el diminuto papel y leyó: “Esto también pasara”. El rey sonrió en silencio, y cobro animo para ocultarse en una cueva, en medio de la oscuridad, hasta que ya no corriera peligro.
La leyenda dice que veinte años después, el rey había recuperado todo su esplendor, a fuerza de nuevas batallas y conquistas. El trago amargo había quedado atrás, y ahora regresaba triunfante de la guerra, en medio de vítores y palmas de una multitud que no dejaba de ovacionarlo. Uno de los antiguos sabios que caminaba al lado del carruaje real, ya anciano, le susurro al rey:
-Su majestad, creo que hoy también debería volver a mirar el interior de su anillo.
-Ahora? Para que habría de hacerlo? No estoy en medio de una crisis, sino todo lo contrario -replico el rey.
-Es que esa frase no solo fue escrita para los momentos difíciles, sino también para cuando crea que todo lo bueno pareciera que ha de perdurar por la eternidad.
El rey, en medio de los aplausos, abrió el anillo y volvió a leer: “Esto también pasara”, y descubrió en ese mismo instante, que sentía la misma paz que tuvo cuando estaba a punto de quitarse la vida. El mismo sosiego, la misma mesura lo invadió por completo. Aquel día descubrió que la frase que los sabios le habían entregado era para leerla en las derrotas y por sobre todo, en los tiempos de victoria.
Hubiese dado cualquier cosa porque alguien me contara esta fantástica historia cuando yo era mucho mas joven. Pero siempre digo que de tener una maquina del tiempo (como la saga de Spielberg “Volver al futuro”) viajaría al pasado para encontrarme conmigo mismo cuando tenia unos…diez u once años. No buscaría a nadie mas, no hablaría con ninguno mas, solo trataría de ubicar a Dante, a aquel niño que alguna vez fui. Lo enfrentaría cara a cara y le diría algo así como:
-No me preguntes quien soy, porque de todos modos no me lo vas a creer. Solo vine a regalarte una frase que quiero que guardes para siempre: “Esto también pasara”. Disfruta la adolescencia que te queda por delante, disfruta cada instante que puedas, no te pierdas el ahora por estar preocupado por el futuro. Todo va a salir bien, te lo prometo. Algún día los exámenes, los complejos y la baja estima van a ser historia y en unos años vas a reírte de tus problemas de hoy. Tu vida estará resuelta antes de lo que imaginas. Tranquilo, no hay nada malo mas adelante. Finalmente vas a lograrlo.
Te dieron ganas de hacer lo mismo? Siempre que cuento esta historia, alguna lagrima se escapa entre los que me escuchan, esencialmente porque la mayoría tenemos cierta lastima de aquel niño que alguna vez fuimos.
De alguna manera, es una suerte de paráfrasis de tantas promesas bíblicas. El señor nos habla de no estar afanosos por el día de mañana, de no preocuparnos por lo que vendrá, de disfrutar las nuevas misericordias de Dios cada mañana. Pero por alguna razón, la ansiedad nos juega una broma pesada y sin querer, nos va robando pedacitos valiosos del presente.
En estos años, he pasado momentos muy tristes, de mucha angustia, y momentos muy felices, de mucha euforia. Y ambos momentos pasaron, quedaron en algún lugar, a lo sumo, retratado en alguna fotografía. Pero no estoy interesado en vivir de recuerdos, no me gusta anclarme en las crisis ni en las victorias. No me hacen bien ni las críticas despiadadas ni los aplausos. Por esa razón, es que repaso aquella frase a diario.

En la vida real me es difícil encontrarme con el niño que fui. El aplomo y la madurez hacen que cada día me sea mas difícil reencontrarme con el. Pero uno no deja de jugar porque se hace viejo, sino que se hace viejo porque deja de jugar. Pero por lo menos, tengo la salvedad que puedo disfrutar el ahora, el presente. Veo a mis dos hijos pequeños y antes de excusarme que estoy ocupado para jugar con ellos, recuerdo que “esto también pasara” y que en algunos años ya no estarán en casa ni querrán jugar. Entonces abandono los proyectos de mañana y me dedico a mi hoy.
He decidido no pasarme el resto de la vida pensando en lo que haré en dos años. No me interesa vivir pensando que la felicidad absoluta llegara el viernes a la noche, o el sábado por la tarde. O en el verano, o la primavera. O una vez que me gradúe o cuando viaje a aquel país. O cuando me jubile o cuando crezcan mis hijos o cuando me pare ante una multitud. La felicidad no es un destino, es un trayecto. No es un lugar ideal donde uno llega un buen día, sino que un camino que vamos transitando de a poquito, con los pequeños fragmentos del hoy.
A cada lugar donde Dios me lleva, por lo menos dedico un mensaje para motivar a los jóvenes que disfruten el hoy. Pero por sobre todas las cosas, que la ansiedad de lo que todavía no tienen o no han vivido, no les robe lo que ya tienen en sus manos, que nunca es poco. Por mi parte, estoy más que feliz con lo que Dios nos ha regalado en estos años. Pero tengo muy en claro, por sobre todas las cosas, que aun “Esto también pasara”.

Autor: Dante Gebel