Reflexiones Cristianas – El ejercicio del perdón

El ejercicio del perdón

“No es nuestra capacidad para perdonar, sino nuestra capacidad para arrepentirnos y perdonar, la que nos hace diferentes. Sólo los humanos pueden realizar ese acto tan totalmente innatural, que trasciende las implacables leyes de la naturaleza”.

“Si no trascendemos la naturaleza, permanecemos atados a las personas a las que no podemos perdonar; atenazados por ellas. Este principio se aplica incluso cuando una de las partes es totalmente inocente, y la otra totalmente culpable, porque la parte inocente va a llevar la herida hasta que pueda hallar una forma de soltarla, y el perdón es la única forma”.

(Philip Yancey. “Gracia divina vs. Condena humana” [pg. 111 y 112]. Editorial Vida. Miami. 1998. Se publica la cita breve en los términos del uso legalmente permitido, haciendo mención de fuente y autor, y sin alterar contenido ni contexto).

Pocas semanas atrás supe de un amado hermano que habiendo estudiado, enseñado y predicado la Palabra de Nuestro Señor durante años, se vio enfrentado dentro del seno de su familia a una tremenda crisis. La prueba lo dejó en tan sólo unos días totalmente “fuera de circuito”. Hoy no quiere saber más nada con Dios. Su vida, familia y ministerio están al borde de un abismo.

Sólo una elección y un paso es lo que puede determinar que años de esfuerzo, desvelos y bendiciones queden hechos pedazos de un día para el otro, o se vean enriquecidos y fortalecidos de por vida. La salida es tan simple y a la vez tan difícil. Ante sí un inmenso abismo. A un costado, un pequeño puente del tamaño de un madero. Del madero de la cruz de Jesús. Mi amado hermano puede saltar hacia el abismo y ver así destruido todo lo que tanto le costó edificar, o puede elegir pasar por el pequeño puente del PERDON y así ver enriquecida su vida, familia y ministerio.

Personalmente, me veo identificado en esta historia de vida. Debo reconocer que me costó mucho aprender el ejercicio del perdón. Aún siendo creyente me costaba mucho perdonar. Me ayudó en gran manera recordar todo lo que el Señor tuvo a bien perdonarme a mí, y todo lo que mis hermanos, amigos y familiares tuvieron que, y aún tienen que perdonarme. Y esto incluye la capacidad de perdonarme a mí mismo también.

Es que si para pedir perdón es necesario un corazón contrito y humillado, para PERDONAR TAMBIEN ES NECESARIO HUMILLARSE, toda vez que ello implica el reconocimiento de nuestra condición de pecadores y revela la propia capacidad de arrepentimiento.

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Romanos 5:8 RV1960

Autor: Luis Caccia Guerra

Escrito para www.devocionaldiario.com

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